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Conociéndole

Estoy sentada frente a mi ventana, apoyando mi cabeza sobre mis brazos, observando atentamente cualquier movimiento allá afuera, buscando de dónde viene esa melodía atípica.


Es Córdoba, Argentina, en un pueblo alejado del ruido de la ciudad rodeado de sierras verdes, con árboles de diferentes especies autóctonas. El viento sopla suavemente como cantando una silenciosa canción, cierra el cuadro un cielo celeste intenso y todo pintado por la luz del sol, al que solo le quedan unos minutos antes de ir a pintar otro lugar.


Sigo concentrada en mi misión: encontrar a los escurridizos cantantes de una melodía única. Aún no los he visto, solamente han asomado sus pequeños cuerpos alados unas cuantas catas, palomas y gorriones, pero a ninguno de ellos le pertenece esta melodía. Lo sé porque sus melodías son diferentes, ya los he escuchado antes.


Aventurándome a cierta teoría que da vueltas en mi cabeza, tomo un poco de aire, ciño los labios y suelto el aire produciendo un silbido y… ¡nada! Ningún ave se ha asomado, solo conseguí espantar a un gorrión que reposaba camuflado en una rama próxima. Nuevamente silbo, pero esta vez con cierto intento de imitación de canto de ave y nada, solo escucho arrullar a unas palomas en un árbol lejano. Estoy a punto de dejar la ventana y reanudar mi lectura de apuntes universitarios, cuando de repente se posan dos pequeños jilgueros en el árbol frente a mi ventana. Abro mis ojos de asombro y me emociono por conseguir que aparecieran. Me estalla el corazón de felicidad viéndolos por unos breves segundos: las plumas marrones grisáceas salpicadas de color blanco y un par de plumas amarillas contrastan en sus cuerpos, dos ojitos redondos como perlas negras adornan sus cabezas , las que mueven para todos lados como buscando al emisor del silbido…estiran sus alas y se van volando.


Fueron 5 segundos en el mundo real, seguramente allá en la ciudad un bocinazo sonó porque el vehículo del frente no vio que cambió el color del semáforo, o un niño lloró histéricamente señalando su paleta en el suelo, o una estudiante con los ojos en su pantalla del celular leyó los últimos mensajes de WhatsApp, no lo sé. Fueron 5 segundos en el mundo real, pero acá en mi ventana, frente a los árboles verdes pintados de la luz tenue naranja, el tiempo se detuvo, como una mota de polvo en un haz de luz, y fui llena de gozo.


Siempre me pregunté por qué soy así, por qué disfruto tanto de estas pequeñas cosas que nos regala Dios mediante la naturaleza, por qué me llenan de gozo el corazón hasta derramar una que otra lágrima de emoción.


Finalmente, el otro día lo entendí:


Esa fue la manera que el Creador del mundo encontró para que pudiera contemplarlo a Él, Él me formó y conoce lo que hace latir mi corazón de emoción, coloca cada día estas pequeñas escenas de la naturaleza para decirme cuánto me ama y porque me ama quiere que lo conozca, que tengamos una relación.

Y aquí estoy, conociéndole.


Autora: Priscilla Diaz


Ganadora del II Concurso de Escritores De CCI América Latina











Nuevos Senderos 2018

Categoría: Testimonios

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